7th
Sucedió alrededor de las 11 de esta mañana. Bajaba yo a Guarenas. El día estaba nublado. Llevaba el aire acondicionado encendido. Los vidrios, arriba. La música apagada.
Raro. En días así, suelo hacer todo lo contrario. Apagar el aire acondicionado. Bajar las ventanillas. Dejar que algo de viento me pegue en el rostro. Poner la música a todo lo que da.
Pero no. Y eso acaso me salvó.
Iba a 120 kilómetros por hora cuando pasó. El ambiente se oscureció de repente. Como si estuviese pasando bajo una nube más densa. Comenzaron a sonar gotas de agua. Y el parabrisas comenzó a llenarse de manchas.
Un zumbido, como de moscas…
Pero no estaba lloviendo. No estaba debajo de una nube densa. Estaba en medio de un enjambre. Lo que sonaba no era agua. Eran los cuerpos de los insectos estrellándose contra la carrocería de mi automóvil. Tampoco eran gotas de agua las manchas del parabrisas. Eran los jugos que dejaban las abejas al aplastarse contra el cristal.
Tan sólo dos segundos, dentro de un enjambre de tal magnitud, a 120 kilómetros por hora, acaso habrían bastado para no contarlo.
No lo estuviera contando.
Pero contra mi costumbre en días así, llevaba las ventanillas cerradas. La música apagada. El aire acondicionado encendido. Y eso acaso me salvó.