Spaghetti Western, la historia tras el cuento

En algún momento de 1998 me propuse ganar la edición de ese año del concurso de cuentos del diario, El Nacional. Fue una idea tan peregrina como, no sé, proponerse a ganar la lotería y estar seguro de lograrlo a punta de fe.

Lo mejor del caso es que no gané. Pero perdí apenas por un pelo. Obtuve la mención de honor. El ganador fue un médico psiquiatra que todos en la fiesta de aniversario del diario, en la que se entregaban los premios, parecían conocer. Excepto yo. Se llamaba (aún se llama), Jorge Rodríguez

Lo conocí durante la fiesta. Al parecer había manifestado su deseo de conocer al que había ganado la mención de honor. Un amigo común lo trajo hasta donde yo estaba y nos presentó.

Estaba muy contento. Jorge Rodríguez me felicitó efusivamente y dijo que quería leer mi cuento, que varios le habían hablado muy bien. Le prometí que esa misma noche le enviaría una copia por email. Y así lo hice. No supe nada de él en varios días. Y una vez que tuve noticias suyas, habría preferido no tenerlas.

En esa oportunidad me pareció un buen tipo. Simpático. Amable. Culto. Amigos en común lo han descrito como un excelente anfitrión, aficionado a las cosas buenas y con muy buen gusto. Para la literatura, el cine, la música, la comida y las mujeres. Días después, cuando me escribió de vuelta, me costó relacionar su respuesta con el tipo amable que había conocido.

Spaghetti Western, de la idea al cuento

El de El Nacional fue por años uno de los certámenes literarios más prestigiosos del país. Acudían toda clase de escritores, poetas y reporteros cada año, con la esperanza de llevarse el premio. Que no era nada despreciable entonces. Cada año el diario recibía cientos de cuentos.

Así que ¿qué chance tenía alguien que sólo había escrito para la prensa y que tenía publicado tan sólo un cuento? Aún así estaba seguro de que podía lograrlo. Así que me encerré por un par de semanas en mi casa, a darle forma a una idea a la que le estaba dando vueltas desde hacía tiempo.

En principio, era para una película. Pero en las condiciones de producción venezolanas de entonces, era poco menos que irrealizable. La idea era muy simple. Un hombre ha dejado de querer a su mujer hace tiempo y quiere separarse, pero es incapaz de terminar con ella.

De modo que concibe un plan absurdo, pero que él consideraba infalible: comer hasta engordar en proporciones paquidérmicas para que fuera su mujer quien decidiera terminar el matrimonio. ¿Cómo podía lograr que un actor engordara tanto, en cámara, sin poner en riesgo su salud?

Me parecía la idea más genial y original del mundo. Además de divertida. Poco después de darse a conocer el veredicto del concurso descubrí que muy original no era. Homero Simpsons había tenido esa misma idea para presionar a sus jefes y que le dejaran trabajar desde casa.

Homero tuvo la misma idea

Pero yo no lo sabía cuando estaba escribiendo Spaghetti Western. Fueron dos semanas sin salir de casa. Escribía frenéticamente todos los días, apenas me despertaba en la madrugada y hasta muy tarde en la noche. Me planteé una sola estrategia narrativa: no resultar aburrido. 

También quería que evocara el tono de un western crepuscular. Una comedia que bien pudiera haber sido dirigida por Leone. Buscaba que fuera tremendamente maracucho. Que se sintiera el sopor que provoca la pesadez de la comida en la ciudad donde nací.

Terminé exhausto. Aunque con la vaga certeza de que había hecho un buen trabajo. No era gran literatura. Pero sí parecía divertido. Al menos, a mí me lo parecía. Y eso era más que suficiente para mí.

Y cuando llegó la noticia de que había ganado la mención de honor, me embargó el orgullo del trabajo bien hecho. Por eso, cuando un muy sonriente Jorge Rodríguez me pidió una copia, no dudé en intercambiar nuestros datos para enviársela.

La última fiesta del Nacional en democracia

Esa tarde, 4 de agosto de 1998, el salón en que se realizaba la celebración, en el Hilton —hoy, Alba Caracas—, estaba a reventar. Toda la clase política venezolana estaba allí bebiendo whisky. También periodistas, empresarios, dueños de diarios, intelectuales, escritores de telenovelas. Todo el mundo. Y, desde luego, también estuvo Irene Sáez, ex Miss Universo, ex alcaldesa y candidata a la presidencia. Y Hugo Chávez, ex golpista, ex preso y en ese entonces candidato presidencial.

Cuando Chávez llegó hubo una especie de clamor y se desató una corredera por ver quién se tomaba la foto a su lado, quién le halaba más bolas, quién lo adulaba más. Yo no pude verlo. Estaba rodeado de lo que parecían eran cientos de borrachos. Debió llegar con su comitiva, porque después fue que conocí a Jorge Rodríguez. Había desaparecido en la mañana, justo después de que le entregaron el premio ahora reaparecido. Debí sospechar que estaba en la comitiva de Chávez. Pero ni me pasó por la mente. 

Yo no sabía quién era Jorge Rodríguez, más allá lo que me enteré cuando ganó el concurso: psiquiatra, aficionado a la escritura. No sabía, por ejemplo, que su padre había sido torturado hasta morir por la policía política venezolana. Y, ya lo he dicho, ¿cómo podía saber que estaba con Chávez?

El show que se armó en torno a Chávez y el calor que hacía (y yo andaba con una chaqueta de lana en pleno agosto, que no usé más desde entonces) me indicaron que era hora de irme. 

Re:spuesta

Pasaron varios días antes de que me respondiera. Él me había dicho que quería leer el cuento y darme su opinión. Yo había leído su cuento y, la verdad no me había parecido mayor cosa. Estaba bien escrito, pero como cuento policial era del montón. Cualquier lector avezado en esas lides, podía adivinar el final. Y eso era fatal para un relato de crimen.

Pero, a pesar de que ya entonces me había leído una tonelada de novelas policiales clásicas estadounidenses, no me consideraba un crítico ni mucho menos. Así que yo no era nadie para juzgar su relato. Por algo había ganado. Le di el beneficio de la duda al jurado.

Pasados los días, le escribí a Rodríguez preguntándole qué tal le había parecido mi cuento. Fue más por ociosidad que por otra cosa. También quería saber la opinión de un completo extraño. Siempre es interesante confrontar tu trabajo con gente que no te conoce para nada.

Ha transcurrido mucho tiempo y temo que por el devenir posterior del personaje, mi memoria ahora exagere algo que acaso no tuvo las proporciones del recuerdo. Pero en ese momento me pareció su crítica innecesariamente violenta, que caía en el terreno de la descalificación personal. Quizás hoy la vuelvo a leer y me parece una tontería, una muchachada.

No obstante, era desconcertante porque parecía una respuesta más propia de un dolido perdedor del concurso que del flamante ganador. Tanto que recuerdo haber pensado: “¿y yo qué le hice a este pana?”

En la escuela de cine nos enseñaron que la crítica, aún la crítica más corrosiva e hiriente, es una parte inherente del proceso creativo. De esa escuela salimos con el cuero curtido, listos para aguantar el peor de los chaparrones. Alguien, un artista principiante que no hubiera hecho callos, alguien menos testarudo que yo; o menos idiota tal vez, quizás habría colgado los guantes al recibir semejante crítica.

Por eso ahora prefiero pensar que aquella respuesta, más que un ataque visceral, fue un ardid de guerra psicológica. La táctica que un joven y ambicioso escritor, hábil manipulador psicológico, empleaba para desmotivar y desembarazarse de la competencia. No me extraña que hoy sea el mastermind detrás de la estrategia propagandística y política de la revolución bolivariana.

Veinte años después

No tengo una respuesta definitiva a todas las interrogantes. Prefiero pensar que no fue para tanto y que mi memoria lo ha magnificado. Tampoco fue un momento que definiera en nada ni mi vida ni mi carrera para nada.

Hace poco, mientras revolvía mis viejos papeles encontré la entrevista que El Nacional publicó en esa oportunidad. Allí confesaba que para él la escritura era una cuestión vital. 

Sin embargo, Rodríguez casi enseguida parece haber cambiado la literatura por la política. Pronto alcanzaría las más altas cotas de poder del país, en una carrera fulminante que ya juzgará la Historia.

Su biografía, en su página web, lo define como estudioso de la literatura, escritor y poeta, pero el único logro literario que menciona es, precisamente ese premio del concurso de cuentos de El Nacional. El cuento se titula Dime cuántos ríos son hechos de tus lágrimas. Un lindo título, todo sea dicho.

Me gustaría leerlo otra vez. Quizás sea mucho mejor de lo que lo recuerdo. Tenía un tono interesante. Cierta nostalgia, como lo sugería desde el título. Y con todo el agua corrida, o derramada, desde entonces, debe ser una lectura muy diferente ahora.

Puede que Rodríguez no haya escrito más. O quizás simplemente no haya publicado. Pero no me cabe la menor duda de que sigue manejando de forma malévolamente brillante, las narrativas políticas del país. Para Rodríguez, la política es la literatura por otros medios.

Hace un buen tiempo atrás, publiqué Spaghetti Western para el Kindle. Hasta el próximo viernes podrás descargarlo totalmente gratis desde este anuncio:

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