Caerán diez mil a tu diestra

Sucedió hace más años de los que quisiera.

Sin razón alguna, desperté en medio de la noche angustiado. Por un momento pensé que mis pesadillas infantiles había regresado. Pero no era el caso. Era un apartamento tipo estudio en Los Palos Grandes, una zona residencial de clase media en Caracas. 

Me asomé al balcón, sin saber muy bien por qué y vi un revuelo frente al edificio. En la calle había bomberos, paramédicos, policías y funcionarios de la medicara forense. Entonces, escuché ruidos en el pasillo de entrada. Fui hasta allá y abrí la puerta. El olor casi me tira de espaldas. No existen palabras que puedan describir semejante hedor.

Un bombero, que usaba una máscara, enseguida me gritó:

—¡No salga! ¡Hay un muerto en el edificio!

Según pude enterarme después, alguien había muerto y su cuerpo tenía días descomponiéndose en su apartamento. Resultó el vecino del piso de arriba. Un señor obeso, asmático, que pasaba todo el día fumando, vestía de kimono y caminaba con un bastón. 

Creo que ese mismo día me senté a escribir un pequeño cuento de horror que titulé con una frase bíblica, Caerán diez mil a tu diestra.

Tiene muchas algunas autobiográficas y otras copiadas casi exactamente como ocurrieron:

  • La descripción de mis pesadillas infantiles
  • La escena del salmo leído al azar
  • Todo lo relacionado con la extración del cuerpo en descomposición 
  • El incidente del hombre descalzo
  • Las referencias al profesor de biología
  • Las ratas del sótano
  • Las referencias al aborto

Trato de no ser muy específico para evitar “spoilers”, pero si lo has leído y tienes dudas, preguntas o simplemente quieres discutirlo, puedes hacerlo en mi página en Facebook o en el grupo que hemos creado en esa misma página.

Lo cierto es que hace algunos días volví a leerlo y me sorprendió gratamente la manera en que se introduce en la mente del personaje principal y la descripción tan vívida de las sensaciones de mis pesadillas. No sé si será gran literatura, pero sigue pareciéndome muy entretenido. Y era una verdadera lástima que languideciera cogiendo polvo en la carpeta de cuentos olvidados del disco duro.

Está disponible para Kindle y Kindle Unlimited, en Amazon.

Un fragmento:

Ratas. Son ratas. Estoy rodeado de ratas. Están por todas partes. Salen de una cañería en la que habitaron hasta hace un momento, sin haber visto la luz del día jamás. Yo las he liberado accidentalmente. Húmedas y voraces, se atacan entre sí con frenesí. Cuando se arrancan pedazos de piel,  chillan como cerdos.
Esta ciudad está infectada de ratas. Hay ciertos lugares subterráneos en los que conviven con humanos. Viejos, lisiados y niños que mendigan durante el día y en la noche les sirven de alimento. Lo he visto en los programas de televisión: humanos y roedores devorándose entre sí en estacionamientos abandonados, debajo de los viaductos de la autopista.
Arriba, tal vez en el vestíbulo o en alguno de los pisos superiores del edificio en el que vivo, los vecinos del comité de vigilancia, armados con garrotes, están a punto de iniciar mi cacería. Los he oído. Siento el hálito de la jauría en mi nuca.
Tengo fiebre. El agua que mana de la cañería me llega a los tobillos. Los cadáveres frescos de las pequeñas bestias emanan un olor vagamente similar al de la sangre humana. Salado dulcineo. Un profesor de biología del bachillerato nos dijo que esa era la definición más exacta del sabor de la sangre. No lo olvidé nunca. Fue el mismo que nos enseñó que en una masturbación de 10 minutos se quemaban tantas calorías como en 26 kilómetros de carrera.
Fue una estupidez haber decidido dejar el vicio hoy. Uno deja de fumar el día en el que más se necesita un cigarrillo. Definitivamente no fue un buen día para dejar de fumar. Hace un momento sentí otra oleada de pánico. No estoy soñando. Si de algo estoy seguro es de mi lucidez.



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