Caerán diez mil a tu diestra

Sergio, un joven creativo de una agencia de publicidad, está a punto de presentar una importante campaña, de la que depende su aumento de sueldo que tanto necesita. Pero cuando se descubre el cadáver putrefacto de uno de sus vecinos, vuelve a ser presa de los terrores nocturnos que le persiguen a su infancia.

Mientras su mente se desmorona, Sergio vive una jornada de paranoia que lo llevará a cometer una atrocidad de la que nunca se creyó capaz.

Caerán diez mil a tu diestra, Fragmento

Ratas. Son ratas. Estoy rodeado de ratas. Están por todas partes. Salen de una cañería en la que habitaron hasta hace un momento, sin haber visto la luz del día jamás. Son ciegas. Yo las he liberado accidentalmente. Húmedas y voraces, se atacan entre sí con frenesí. Cuando se arrancan pedazos de piel,  chillan como cerdos.

Esta ciudad está infectada de ratas. Hay ciertos lugares subterráneos en los que conviven con humanos. Viejos, lisiados y niños. Lo he visto en los programas de televisión: humanos y roedores conviviendo en estacionamientos abandonados, debajo de los viaductos de la autopista.

Arriba, tal vez en el vestíbulo o en alguno de los pisos superiores del edificio en el que vivo, los vecinos del comité de vigilancia, armados con garrotes, están a punto de iniciar mi cacería. Los he oído. Siento el hálito de la jauría en mi nuca. Tengo fiebre. El agua que mana de la cañería me llega a los tobillos. Los cadáveres frescos de las pequeñas bestias emanan un olor vagamente similar al de la sangre humana. Salado dulcineo. Un profesor de biología del bachillerato nos dijo que esa era la definición más exacta del sabor de la sangre. No lo olvidé nunca. Fue el mismo que nos enseñó que en 10 minutos de masturbación se quemaban tantas calorías como en 26 kilómetros de carrera.

Definitivamente no fue un buen día para dejar de fumar. Uno lo deja el día en el que más va a necesitar un cigarrillo. Hace un momento sentí otra oleada de pánico. No estoy soñando. Si de algo estoy seguro es de mi lucidez. Me ha ocurrido en tres ocasiones desde ayer. Es un estado similar al de mis pesadillas infantiles. Con la única y atroz diferencia de que ahora ocurre mientras estoy despierto. Pero, ¿lo estoy? La primera vez fue anoche, cuando los bomberos sacaron el cuerpo del 3B.

La segunda, hace algunas horas en mi oficina, inmediatamente después de cobrar conciencia de que había asesinado a una persona. Pero, ¿de verdad he matado a alguien? Sofía, ¿he matado a Sofía? Parece ahora tan lejano e irreal que ya no sé si pasó realmente.

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